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Librepensadores (3): Omar Jayyám.
  Rock...  
Wed, 20 Dec 2006 00:49:38 +0100

Desde que la teoría del choque de civilizaciones elevó el mundo islámico a la categoría de adversario de Occidente –y digo elevar porque respecto a la posición que ocupaba durante la guerra fría eso es un ascenso de categoría comparable a pasar de jugar en tercera regional a hacerlo en la Champions– proliferan como champiñones los estudiosos que nos quieren iluminar sobre las causas y razones del atraso islámico y la animosidad que alberga contra ese bicho, Occidente – ¿no os parece raro eso de tomarla con un punto cardinal? ¿No será igual de estúpido que tomarla con una hora del día? ¿Las doce menos cuarto, por ejemplo?–, y generalmente al hacerlo caen, para mi gozo, en dos clases de imbecilidad.

La primera, la más común, debo reconocer, en los medios que frecuento, la encarna Gemma Martín Muñoz, la más plasta y reincidente especialista en cultura árabe/musulmana de este lado del río Pecos.
Resumiendo, la tesis gemmamartímuñoz consiste en que los árabes son muy muy buenos y nobles, el islam muy muy caritativo y tolerante, los europeos muy muy malos y racistas, los americanos muy muy explotadores e imperialistas y los israelíes ya ni te cuento, porque como todo el mundo sabe, en realidad controlan internet y no quiero que me pirateen el servidor y me vengan a secuestrar a casa.

Bueno, ya he dicho que era un resumen.

La otra tesis, la que está en el corazón del artículo de Huntington y que estos días hemos podido sentir latiendo bajo el rechazo al ingreso de Turquía en la Unión Europea, es la que sostiene que ciertos pueblos o culturas son algo así como congénitamente incompatibles con la libertad, la democracia o los valores ilustrados, que serían poco menos que privativos de las gentes blancas, y si me apuras, blancas y cristianas.

Como ya he dicho, ambas tesis son igual de ridículas y adolecen de la misma prepotencia eurocéntrica y paternalista, ya sea para negar toda posibilidad de progreso para quien no sea de la tribu –en la tesis Huntingtoniano-chiraquiana– o para arrogarse todas las culpas, reduciendo de paso a los árabes o musulmanes a la condición infantil –en la tesis de Gemma Martín Muñoz y la izquierda autoflagelante, que tanto deben, paradójicamente al sentimiento de culpa judeocristiano.

Que el mundo árabe y musulmán vive en el atraso es una realidad indiscutible... salvo por las excepciones.
Que estas excepciones sean periféricas es un dato a tener en cuenta. Sobretodo si esa preeminencia de la periferia ha sido una constante en la historia. Así, una y otra vez, podemos ver como los grandes logros científicos y culturales del Islam venían de países de reciente islamización o situados lejos del poder hegemónico en la época. Éste era el caso de la India, España o Persia, lugar de nacimiento de nuestro librepensador de hoy.

Omar Jayyám fue un poeta, matemático y astrónomo persa, nacido en Nishapur en 1048. Sólo eso ya le valdría un lugar entre los grandes pensadores del Renacimiento, como reconocido polímata, junto a Francis Bacon, Durero o DaVinci. Pero la verdadera razón de su presencia en esta lista particular es su posición frente a la censura y el tabú en la época que le tocó vivir.
Si es cierto que la teología puede explicar la deriva de las sociedades modernas, como explicó Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, o Murray Rothbard en su Historia del Pensamiento Económico –con conclusiones contrarias a las de Weber, por cierto, ya que Rothbard, judío él mismo, consideraba que los escolásticos católicos desarrollaron la teoría económica capitalista antes y con mayor precisión que Adam Smith, que se encontraba contaminado por el puritanismo escocés–, entonces el impacto del Islam como reforma rigorista del judaísmo y el cristianismo, con su eterno retorno a la pureza original y al Libro Sagrado como toda fuente de conocimiento, no puede desdeñarse como causa primera del actual estado de cosas. Y por eso, figuras como Jayyám o Averroes son tan preciosas en el mundo islámico, pues constituyen, ya en fecha tan temprana, los primeros y casi únicos focos de Ilustración surgidos desde dentro de la sociedad musulmana.

En 1048, y en Persia, ni más ni menos, la simple actividad de Jayyám como matemático y astrónomo –en la que llegó a demostrar, ante un extasiado púbico entre el que se encontraba un prestigioso Imán de la época, que la Tierra no era el centro del universo, siglos antes de Copérnico o Galileo– hubiera sido bastante para ser considerado blasfemo y apóstata, y merecedor de una piadosa decapitación. Pero no contento con ello, Omar se empleó a fondo en su faceta de poeta para hacer mofa de cuanto tabú la pusieran por delante.
Sin llegar a declararse abiertamente ateo –tampoco era suicida, el hombre. Lo que corrobora su faceta racionalista, por otra parte.– sí negó que la intervención divina estuviera detrás de cada fenómeno u evento particular, como sin duda se desprendía de su observación de las leyes de la astronomía y las matemáticas. También negó la existencia del Día del Juicio o de castigo o recompensa alguno en una vida posterior, en abierta oposición no sólo con la escatología islámica, sino también con la cristiana, judía o mazdeísta presentes en la antigua Persia.
Por contra, fue un firme defensor de la idea de que el universo estaba gobernado por leyes naturales, y que éstas no eran impenetrables para el hombre.
También gustaba, en sus numerosas cuartetas, de cantar a los placeres de la vida terrenal, incluidos el alcohol y las mujeres. Y como sus camaradas del Club Fuego Infernal o el mismo Rabelais, escurría su irreverencia bajo un fino manto de humor. Sirvan como ejemplo estos versos:

“¡Oh, Mulá! Nosotros (el pueblo) hacemos mucho más trabajo del que tú haces.
Incluso cuando estamos borrachos, estamos todavía más sobrios que tú.
Bebes la sangre de la gente y nosotros bebemos la sangre de las uvas.
Seamos justos, ¿quién de nosotros es más inmoral?”


“Y si el Vino que bebes, los Labios que aprehendes,
Terminan en la Nada en la que todas las Cosas terminan –Sí–
Entonces disfruta mientras Seas, Seas no más que
lo que Serás –Nada– No serás menos.”


Claro que tanta osadía no podía quedar impune y como era de esperar, los santurrones de los que Jayyám se burlaba en sus poemas removieron cielo y tierra para darle su merecido. Pero la fama y grandeza de Jayyám se había hecho tan grande que no pudieron acabar con quien era sin duda una de las figuras más prestigiosas de su tiempo. Sin embargo, para disipar toda duda de irreligiosidad de quien no dejaba de ser un modelo para el público, se le obligó a hace un hajj, o peregrinación a la Meca, para demostrar que era un fiel seguidor del Islam y merecedor de la admiración y respeto de los doctores y notables de Persia.

Omar Jayyám murió el 4 de Diciembre de 1131, con el respeto intacto de sus coetáneos para disgusto de los clérigos y ortodoxos. Su legado como matemático y astrónomo ha llegado hasta nuestros días, desde la resolución de ecuaciones de segundo grado a la resolución de raíces cúbicas, pasando por la elaboración de un calendario solar mucho más preciso que nuestro calendario gregoriano, elaborado quinientos años después.

Pero fue su obra como poeta la que le granjeó la inmortalidad en el propio mundo islámico y su pasaporte a la cultura occidental, de la mano de las traducciones de Edward FitzGerald.
Jayyám dejo escritas unas mil cuartetas, de las que el Rubaiyat de Omar Jayyám constituyen lo más conocido, habiendo inspirado a autores tan dispares como el dramaturgo Eugene O’Neill, la escritora de misterios Agatha Christie, el maestro del terror Stephen King, el libanés Amin Maalouf o el escritor de Ciencia-Ficción Paul Marlowe.
Su vida fue llevada al cine en 1957, por Hollywood, ni más ni menos, y de nuevo en 2005, esta vez por un director iraní, en una película independiente. En 1970 se le dio su nombre a un cráter de la Luna, y en 1980, a un asteroide.

Como broche final, en una nueva vuelta de tuerca, el nombre de Omar Jayyám fue adoptado por uno de los modernos herederos de Rabelais, Thelema y el Club Fuego Infernal, el fundador de la nueva pseudo-religión conocida como Discordianismo, que continua la tradición de vestirse con los ropajes sagrados para burlarse de lo humano y lo divino.
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Comments:
 Martrix Tue, 23 Jan 2007 15:47:22 +0100 

Gracias

Decir que he disfrutado tanto de tu comentario como de los versos de Omar Jayyám sería pasarse mil pueblos pero lo cierto es que me echado unas risas y he pasado un buen rato. Por ceirto ¿cuáles son los títulso de las películas sobre su vida?





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