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Librepensadores (II): Rabelais, Dashwood, Crowley y la Abadía de Thelema.
  Rock...  
Mon, 06 Nov 2006 19:11:43 +0100

Librepensadores (2): Rabelais, Dashwood, Crowley y la Abadía de Thelema.

Cualquiera que haya leído El nombre de la rosa –o mejor: visto la película–, sabe que en toda época, la risa es peligrosa para el poder, porque cuando le cogemos el gusto a reírnos, ya no paramos de cachondearnos de todo. La prueba del nueve de que el poder va dejando de ser temible, es cuando se le pierde el respeto y empiezan a circular chistes sobre los que mandan. Me vienen a la mente algunos chistes memorables sobre el comunismo poco antes de la caída del muro de Berlín, o aquel parte meteorológico en la revista La Codorniz: “Gobierna en España un fresco general proveniente de Galicia.”

Empiezo por aquí porque creo obligado reconocer la deuda que la tradición librepensadora tiene para con los autores satíricos, a menudo menospreciados en las historias de la evolución del pensamiento, pero que prepararon el terreno a los autores más “serios” al desacralizar ciertos temas y reírse de la norma, facilitando luego la labor de crítica a ideas e instituciones que antes habían sido tenidas por inatacables.
En esta tradición satírica que contribuyo enormemente a liberar las mentes de Europa y que fundamento en buena medida nuestro concepto de la libertad individual, se inscribe François Rabelais (1494-1553), humanista de la primera hora y, probablemente, el más irreverente de todos ellos. Era, para haceros una idea, el Bart Simpson del renacentismo.

Como todo estudioso de le época, no le quedaron más cojones que entrar en una orden monástica, la de los franciscanos, para tener acceso al saber disponible entonces –recordad, muchachos: internet no se había inventado aún– y poder estudiar griego, latín, ciencias, filología y leyes. Pero pronto la dirección de sus estudios le enfrentaron a los rígidos y austeros franciscanos, por lo que cambió de orden por la menos estricta de los benedictinos.
Pronto abandonó el monasterios para estudiar en las universidades de Poitiers y Montpellier, y en 1532 se mudó a Lyon, donde ejerce la medicina y, bajo seudónimo, empieza a publicar sus obras satíricas, donde hace mofa del poder político y religioso de su tiempo.

Su obra magna es la serie de Gargantúa y Pantagruel, en la que loa los placeres del beber, comer y ser feliz a través del personaje del gigante Pantagruel. A pesar de la popularidad del primer libro, que generó una precuela narrando la vida del padre del gigante, Gargantúa, fue condenado por los estudiosos de la Sorbona y por la iglesia católica. Un tercer libro, publicado ya bajo su propio nombre, fue también prohibido.
Durante un tiempo, Rabelais, gozó de la protección del rey François I, que disfrutaba de las sátiras del escritor, pero tras su muerte, se suspendió la publicación de un cuarto libro y, desamparado, hubo de esconderse por temor a ser quemado por hereje.

El centro de la serie de Gargantúa y Pantagruel es un canto a la libertad del individuo, al desprejuicio y a los placeres de la vida, riéndose de la moral absurda del cristianismo, que veía virtud en la pobreza y la abstinencia, algo que sin duda aprendió durante su tiempo con los franciscanos.
En el primer libro se narra la historia de la Abadía de Thelema, fundada por el gigante Gargantúa, parodiando las rígidas normas de los monasterios. En Thelema, todas las reglas funcionan al revés que en los monasterios franciscanos:

“Toda su vida no se consumía en leyes, estatutos o reglas, sino de acuerdo a su propio placer y libre voluntad. Se levantaban de sus camas cuando lo creían conveniente; comían, bebían, trabajaban, dormían, cuando se acordaban y estaban dispuesto para ello. Nadie les despertaba, ni se ofrecía a obligarles a comer, beber, ni hacer ninguna otra cosa; pues así lo había dispuesto Gargantúa. En toda su regla y la más estricta promesa de su orden, no había más que esta cláusula que observar,

Haz lo que deseares;

porque los hombres que son libres, bien nacidos, bien criados, y que frecuentan compañías honestas, tienen por naturaleza un instinto y estímulo, que les impulsa a acciones virtuosas y les retrae del vicio, el cual es llamado honor. Estos mismos hombres, cuando por vil sujeción y restricción son derribados y avasallados, se apartan de tan noble disposición por la que estaban anteriormente inclinados a la virtud, para sacurdirse y romper ese yugo de servidumbre en el que están tiránicamente esclavizados; porque es acorde con la naturaleza del hombre anhelar las cosas prohibidas y desear lo que nos es negado.”


Sin darse cuenta de que probablemente se había convertido en precursor de los libertinos del siglo XVII, por no mencionar el liberalismo y el anarquismo del XIX, Rabelais moría en 1553, en la más absoluta pobreza y dejando una muestra más de su ingenio y sentido del humor en su testamento, famoso por constar de una única frase: “Nada tengo, debo mucho, y el resto lo dejo a los pobres”.
También famosas son sus últimas palabras: “Me voy en busca de un gran quizás”.

A pesar de no ser un gran filosofo o ensayista, la popularidad de sus obras, pese a estar condenadas por la iglesia, ayudó a bajar del pedestal ciertas figuras e instituciones, e inauguró un estilo de crítica soterrada, disfrazada bajo un humor socarrón e irreverente que crearía escuela.

Y ello nos lleva a Sir Francis Dashwood (1708-1781), que no os suena de nada pero merece un lugar de honor en cualquier historia del libertinaje por continuar la obra de Rabelais y, quizá más importante: ponerla en práctica.

Dashwood era un noble inglés, que llegó a ser Canciller del Exchequer, jefe el servicio de correos, vicepresidente de un hospital benéfico... pero sobretodo un vividor, un sinvergüenza, dilapidador de la herencia familiar, gran juerguista y... fundador del legendario Club Fuego Infernal.

Huérfano desde los 16, Dashwood emprendió una gira por Europa en 1726, de la que volvió convertido en un escéptico tras estudias en varios seminarios “...fundados, tal como estaban, en directa contradicción con la Naturaleza y la Razón.” y pensando que era necesaria una institución que, en tono burlesco, remarcara lo absurdo de tales sociedades y, en lugar de la austeridad y abstinencia en ellas practicadas, se regocijara en la gaia convivencia, la hilaridad irrestricta y la felicidad social. O lo que es lo mismo: un sitio donde dar rienda suelta a sus juergas y orgías.

Para ello, como no, se inspiró en la Abadía de Thelema descrita en el Gargantúa y Pantagruel de Rabelais y adoptó como lema la regla de Fay ce que vouldras (Haz lo que deseares). Los miembros del club se llamaban entre sí ”hermanos”; los miembros femeninos eran “monjas”, y Dashwood era el “Abad”. Entre los miembros del club se encontraba lo más granado de la elite intelectual inglesa de la época, incluidos Benjamin Franklin, John Wilkes o John Montagu, 4º Earl de Sandwich, e inventor del bocadillo del mismo nombre.

Por supuesto, los rumores sobre las fiestas en el Club Fuego Infernal empezaron a correr como la pólvora, siendo el más común, la acusación de magia negra y satanismo. Parece que los socios se tomaron estas acusaciones con buen humor, sin duda porque poco tenían que temer, dado su poder y riqueza.

Durante doce años, el club sobrevivió a diversas vicisitudes, como el incendio de su primera sede, probablemente debido a un exceso de entusiasmo en una de sus frecuentes bacanales; en 1755 se traslado a su más conocido edificio, la Abadía de Medmenham, que fue reconstruida en estilo neogótico por Nicholas Revett a cargo íntegramente del bolsillo de Sir Dashwood; finalmente, en 1962, las luchas intestinas y rivalidades políticas sacaron varios affaires al dominio público, con el consabido escándalo y el club fue disuelto.

Sin embargo, el precedente sentado como ejemplo de sociedad libre de prejuicios y dirigida a la búsqueda del propio placer y la felicidad no caería en saco roto. Incluso se podría rastrear hasta el tercero de los derechos inalienables enumerados en la Declaración de Independencia de los trece estados originales de América. También se puede sentir su influencia en la obra de los libertinos franceses como Sade y prefiguró en buena medida la revolución sexual y de costumbres del siglo XX, con la diferencia de que gente como Wilhem Reich no tuvo que temer acusaciones de Satanismo y brujería.

Y sin embargo, fue ese estigma, el de la magia negra y la brujería, arrojado como acusación contra una sociedad más bien inocua, que solo pretendía el placer y la diversión, el que más hizo por sostener la leyenda del Club Fuego Infernal hasta nuestros días; y con él, la filosofía hedonista y humanista que le dio origen.

Así que no deja de resultar paradójico que fuera un autoproclamado mago y ocultista, Aleister Crowley, quien resucitara la Abadía de Thelema de Rabelais.

Crowley (1875-1947), fue un influyente escritos ocultista, místico, supuesto masón, hedonista, naturista y revolucionario sexual. En sus escritos se desvela como un confuso pagano, adorador del sol y la naturaleza, devoto de la experimentación con drogas y partidario del amor libre, que en el lenguaje de la época equivalía a sexo sin ataduras ni restricciones de ningún tipo.
Crowley participó en el poderoso movimiento ocultista de principios del veinte, pero indefectiblemente, siempre terminaba a tortas, por lo que terminó por fundar su propia organización.

En 1920, en Cefalú, Italia, abrió una especie de escuela iniciático-masónico-naturista, muy parecida a uno de esos seminarios de autorealización de las universidades californianas de los sesenta; y la llamó Abadía de Thelema, como la de la obra de Rabelais. Con los antecedentes de Crowley en la magia sexual y la filosofía que emanaba de Thelema, no cabe duda que tenía conocimiento del antecedente de Dashwood, pues adoptó como principio central el lema del Club Fuego Infernal: “Haz lo que deseares”.

En El libro de la Ley, en el que Crowley expuso la doctrina de Thelema, encontramos, envuelto en varias capas de misticismo y orientalismo, tan caro a la época, el núcleo central de la idea original rabelaisiana; el desnudo individualismo libertario que abrazaban Gargantúa y Pantagruel:

“Para cada persona, estos (derechos) incluyen el derecho a: vivir según la propia ley de cada uno; vivir en la manera que uno desea hacerlo, trabajar, jugar, y descansar como uno desea; morir cuando y como uno quiera; comer y beber lo que uno quiera; vivir donde se desee; viajar a voluntad; pensar, hablar, escribir, vertir, amar, pintar, esculpir, etcétera... como uno quiera; y matar a aquellos que frustren estos derechos.”


Por supuesto, la nueva Abadía de Thelema, no escapó al destino de las anteriores, y la controversia y la maledicencia acabó de igual manera con ella. Crowley capeó durante un tiempo los comentarios sobre los rituales satánicos y las orgías que se celebraban en su escuela, pero la muerte de un joven discípulo, atribuida a unas fiebres por beber agua fría de un manantial de montaña, dio pie a una querella por parte de su viuda y a acusaciones de sacrificios rituales en la prensa inglesa. Mussolini pidió a Crowley que abandonara el país y la Abadía cerró sus puertas.

Estos tres ejemplos tienen en común cierto carácter de “filósofos de acción”, personas que contribuyeron a popularizar unas ideas no sólo con su trabajo meramente intelectual, sino con sus actos y sus vidas. Como ya he dicho antes, otros vendrían para dar respetabilidad a esas mismas ideas, pero cabe preguntarse si nadie se habría tomado la molestia de racionalizarlas si otros no hubiesen forzado a la sociedad a aceptarlas.
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Comments:
 lapolladedios Mon, 23 Oct 2006 17:36:55 +0200 

eso


adoro a rabelais...pero hecho a faltar en el textito alguna referencia a su gusto por los derivados cannábicos
gracias un lote





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