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De la abstención (Si tu ojo te ofende, arráncatelo).
  Rock...  
Wed, 06 Jun 2007 22:42:32 +0200

Para el que no lo haya pillado, la frase entre paréntesis de arriba, amén de una cita bíblica, es una referencia (o)culta a la película El hombre con rayos x en los ojos, de Roger Corman –prácticamente el inventor de la serie B– y protagonizada por Ray Milland. En la escena final, cuando los ojos del protagonista alcanzan una visión tan penetrante que le revelan los más arcanos secretos del universo, algo que ninguna mente humana puede contemplar sin enloquecer, se ve obligado a buscar refugio en una iglesia en el desierto, donde un predicador adventista está acojonando a su grey con un sermón escatológico y que, mira tu por donde, le brinda la solución al problema oftalmológico del Milland: –Si tu ojo te ofende, ¡arráncatelo! Y acto seguido, en la que sin duda es la escena que mejor resume toda la carrera de Corman, Ray Milland se arranca los ojos ante toda la congregación para no seguir viendo la obscenidad cósmica que le atormenta. Y ahí termina la película.

El domingo pasado (27 de Mayo. Este post se escribió dos días después de las elecciones, si bien se ha subido ahora.) tuvimos elecciones municipales en España. En Barcelona era la tercera convocatoria a las urnas en menos de un año. Y siguiendo la tónica de todas ellas, la abstención alcanzó niveles récord. Menos de la mitad de los votantes censados en la ciudad condal emitieron su voto. Empieza a ser una constante.
Por supuesto, se oyeron las justificaciones más absurdas tanto por boca de los políticos como de sus voceros en los innumerables medios de comunicación comprados, a sueldo o subvencionados que conforman eso que se ha dado en llamar el oasis catalán y que cada día huele más a ciénaga. Mi favorita es que los catalanes están cansados por tanta consulta. Es buenísima. Prácticamente, una invitación a tomarnos un descanso de la democracia.

Obviamente, que las tres últimas convocatorias se hayan saldado con tan escasa participación significa que el elector está queriendo enviar un mensaje: “Por ahí no vamos bien”. Por una razón u otra, el ciudadano que se abstiene no encuentra en el sistema una opción viable para cambiar el estado de las cosas y renuncia a participar en el juego.
Mi temor es que ese ciudadano sin opciones esté siguiendo el mismo camino que Ray Milland en la película de Corman ante los efectos indeseados de su poder: Puesto que no puede controlar lo que se hace con su voto, renuncia a él.

¿Cuales son las causas reales de la abstención? La única forma de saberlo sería preguntar uno a uno a los abstencionistas. Pero como soy un bastardo arrogante, y además tengo un blog para demostrarlo, voy a intentar dar algunas explicaciones más o menos razonadas que dejaran a la altura del betún los patéticos esfuerzos de los analistas de la prensa de la charca.

1.– El anarquismo sociológico. ¿No existía un franquismo sociológico, formado por las masas que sin comulgar ideológicamente con el franquismo, habían absorbido como por ósmosis sus valores y habían visto ligados sus intereses a la estabilidad jurídica y económica del régimen? Pues bien, el anarquismo sociológico sería la permanencia de un sustrato, no ideológico, sino de actitudes y aversiones propias del anarquismo otrora hegemónico en Catalunya y que se manifestaría en el rechazo a los partidos, a las jerarquías de cualquier tipo, a la militancia cerril en bandos enfrentados y la indiferencia a la consigna y esa forma de entender la vida basada en el constante marcaje al enemigo. Esta corriente subterránea sería transversal a todos los sectores ideológicos y actuaría a veces con más fuerza en un campo que en otros, pero ayudaría a entender porque en Catalunya la abstención fue diez puntos mayor que en el resto de España. Después de todo, no quedan tan lejos los tiempos en que la abstención de los anarquistas decidía la suerte de los gobiernos republicanos... Bien pensado, sí que quedan lejos.

2.– La fragmentación del mapa político catalán. “¿Pero eso no es bueno?”, me preguntaréis. Pues no siempre. Ahí tenemos el ejemplo de Italia, con sus pentapartitos, sus minipartidos, sus Cicciolinas... ¿Acaso cabe mayor pluralidad? Y sin embargo, ese sistema sólo produjo cincuenta años de gobiernos ineptos, corruptos... e irreemplazables. El sistema estaba tan podrido que era incapaz de proveer una alternativa dentro del mismo. La razón es que la elevada fragmentación política lleva a lo que los holandeses llaman pilarización, la creación de compartimentos estancos dentro de la sociedad que cuentan con sus propios cauces de expresión política, unos partidos especializados en un tipo de elector concreto y que no se molestan en competir los unos con los otros, produciendo el famoso efecto de oasis.
En Holanda, hay un partido para los católicos, otro para los protestantes, otro para los liberales, otro para los socialistas, los verdes, los comunistas... Hay tarta para todos y lo que uno pierdo lo gana el otro. Total, si luego se van a poner de acuerdo, que más da quien gane.
¿Les suena?
El hecho de que en Catalunya haya seis partidos, la mayoría muy parecidos, no aumenta, sino que disminuye la competitividad entre las opciones políticas. Me explico: en Madrid, con sólo tres partidos, no sólo la participación ha sido mayor, sino que ha sido infinitamente más interesante, pues los candidatos eran conscientes de que un sólo diputado podía decidir el resultado. En Catalunya, en cambio, siempre cabe negociar entre partidos: el elector no tiene la última palabra y los candidatos no necesitan tanto convencerles a ellos como a la cúpula de sus posibles socios. En efecto, basta comprobar como tras una campaña aburrida y sin sobresaltos, es ahora, en el momento de las negociaciones, cuando empieza el navajeo y el regate en corto, atacándose unos a otros sin pudor. En este caso, la pluralidad ejerce de amortiguador entre los partidos, reduciendo su competitividad y la necesidad de dar satisfacción al elector, para devolver a la política a sus orígenes cortesanos, con las acostumbradas intrigas palaciegas.

3.– La falta de alternativas. No, no me estoy contradiciendo. El hecho de tener muchos platos para elegir en el menú no es ningún aliciente si todos llevan spam. Fuera de Catalunya, sólo conozco un caso similar en el que todos los partidos se parezcan tanto: Indonesia, donde por mandato constitucional todos los partidos tienen la misma ideología, la Pancasila.
En efecto, la transversalidad del oasis catalán, tan alabada, es signo de estancamiento, de inmovilidad, y un factor desmovilizador. ¿Para qué votar, si no va a cambiar nada? En las pasadas elecciones nadie discutió propuestas. Porque no las tenían. En realidad, la clase política presente no tiene un rumbo de navegación, ni una idea clara de a donde quiere llevar la nave. Sólo son como un niño que quiere llevar un rato el timón.
Por desgracia, después de treinta años de amodorramiento, no parece que haya surgido una generación nueva capaz de tomar el relevo y aportar algo nuevo. Incluso quienes se consideran críticos, o “antisistema”, parecen mirar más al pasado que al futuro. Peor aún, son incapaces de mirar sin prejuicios el mundo en el que viven y percatarse de los cambios que están ocurriendo a su alrededor.

Así que cuando el menú no ofrece alternativas, o estas no son creíbles, sólo te quedan dos opciones: o el voto a la contra o la abstención. En las pasadas generales es obvio que se movilizó una gran masa de voto a la contra que de no ser por las circunstancias extraordinarias de aquellos meses, se habría abstenido. Una vez conseguido el efecto buscado, los motivos reales del descontento vuelven a aflorar, con más fuerza si cabe, toda vez que ya desapareció el elemento movilizador: Nos hemos quedado a solas con las razones de nuestra insatisfacción.
¿Y ahora qué? ¿Nos arrancamos los ojos?

Volviendo a El hombre con rayos x en los ojos, Stephen King recoge un rumor de un final alternativo al que finalmente se estrenó y todo el mundo ha visto. En realidad, no es propiamente un final alternativo. Es la misma escena. Termina con Ray Milland arrancándose los ojos y un fundido a negro. Sólo que antes de que empiece a sonar la música y aparezcan los créditos, oímos unas palabras que hacen el final mil veces más aterrador: “¡Aún puedo ver!”
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