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El escorpión y la rana.
  Rock...  
Tue, 02 Jan 2007 16:46:40 +0100

De vuelta tras el paréntesis invernal, me encuentro en la desagradable tesitura de tener que analizar la ruptura del “alto el fuego permanente” de ETA el pasado día 30. Sí, ya sé que si era permanente no se tendría que haber roto; pero son terroristas, por favor... si se supieran expresar con propiedad no estarían poniendo bombas, ¿no?

La última anotación de 2006 recogía lo que parecía esperanzadora noticia de una supuesta –ahora sabemos que falsa– recuperación del proceso. Tras semanas de insistentes rumores e indicios de que la tregua iba a saltar por los aires en cualquier momento, la increíble confianza demostrada por el Presidente del Gobierno en la buena marcha del proceso, más alguna que otra filtración a la prensa –supongo que procedente de Moncloa– disiparon los temores.

Error.

Resulta que el gobierno se estaba engañando a sí mismo. Visto en perspectiva, las señales estaban ahí, gritándonos a la cara como Casandras, trágicamente ignoradas hasta que fue demasiado tarde. El robo de armas, los informes de la policía francesa, el zulo con el explosivo que parece se utilizó en Barajas.... Por no mencionar el retorno de la kale borroka y la extorsión, la quema de autobuses, cajeros y, casi, un policía.

Cuando Zapatero dio la vuelta como un calcetín a la política antiterrorista, política que él mismo había apoyado desde la oposición y que reconocía que había dado buenos resultados, muchos pensamos que no tenía demasiado sentido... A no ser... a no ser que estuviera en disposición de información que el resto no teníamos. Eso es lo que pareció entender Fernando Savater, que salió de una reunión con Zapatero convencido de que el Presidente tenía claves y razones para emprender la arriesgada aventura de dar el primer paso para entablar negociaciones con ETA.
Porque la operación era arriesgada, como se ha demostrado. Y sintiéndolo mucho, la medida por la que se juzga si correr un riesgo merecía la pena, es el resultado.

Hay quien dice que merecía la pena correr el riesgo una y mil veces. Aunque mil veces fracasara. Después de todo, ¿cómo se iba a poner fin al terrorismo sino en una mesa de diálogo?
Lo que muchos de los partidarios del diálogo y la negociación no parecen entender es que estos también tienen reglas, como demuestra la Teoría de Juegos. La primera: comprender con qué clase de jugador te las estás viendo.

La fábula que da título a esta anotación es de sobras conocida: Un escorpión le pide a una rana que le ayude a cruzar el río. “No. Me picarás y moriré.”, le contesta la rana. “No seas tonta. Si te picara morirías, pero yo también moriría, pues no sé nadar.”, le responde el escorpión. Así que, convencida por las razones del escorpión, la rana lo sube a su lomo y comienza a cruzar el río. A mitad de camino, el escorpión le pica. Mientras se empieza a hundir, paralizada por el veneno, la rana pregunta al escorpión: “¿Por qué lo has hecho? Ahora tú también morirás.” A lo que el escorpión responde: “Soy un escorpión. Es mi naturaleza”.

Este es el cuarto intento de negociación de ETA. El primero tuvo un éxito parcial: una ETA se disolvió, pero la escisión resultó más maligna y persistente. Los tres intentos restantes han seguido la misma pauta: mientras el gobierno y ETA negociaban, ésta aprovechaba para reponerse de anteriores golpes y recomponer sus fuerzas, asegurándose de paso el apoyo de los incondicionales que empezaban a flaquear. La cíclica recurrencia a la negociación es de hecho imprescindible para el discurso de la violencia. Todo el mundo sabe que ETA no puede doblegar por la fuerza al gobierno, ni provocar la espiral acción-represión que una vez pudo esperar durante el franquismo. En cambio, si puede conseguir alguno de sus objetivos a cambio de dejar de matar. La idea de que los presos volverán a casa como consecuencia de un acuerdo y que quizá se consiga la integración de Navarra –mediante algún tipo de órgano común, como el ensayado en los noventa por el tripartito PSN, CDN, EA– y algún tipo de consulta parecida a la autodeterminación, es lo único que puede hacer tolerable la violencia inútil.
Dicho de otro modo: la negociación no es el medio para poner fin a la violencia; la violencia es el medio para dar inicio a la negociación.

Es por ello que la insistencia en que la solución final vendrá de la mano de la negociación sólo sirve para dar alas a la violencia. Como comenté una vez a mi amigo Xavi Garriga, experto en conflictos, aunque de verdad esperes terminar en una mesa de negociación, es de incautos irlo pregonando. Eso sólo socava tu posición llegado el momento de negociar.

¿Ha sido irracional ETA al romper el alto el fuego? ¿Se ha comportado como el escorpión de la fábula?
En absoluto. Aunque podamos pensar que está en la naturaleza de ETA el romper las treguas y dejar con el culo al aire a sus interlocutores –sea el PSOE en Argel, el PNV en Lizarra, el PP en Ginebra o Zapatero ahora, proclamando su convicción de que el proceso iba por buen cauce 24 horas antes del atentado–, lo cierto es que ETA siempre ha obrado en defensa de sus intereses, buscando aglutinar a los suyos cuando creía estar perdiéndolos. Las treguas siempre han ido precedidas de crisis internas de la banda –recordad la carta de Pakito pidiendo la disolución pocos meses antes de la tregua; o la crisis de confianza a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco, cuando por primera vez los Batasunos se escondieron en sus sedes.– y ésta las ha usado para cargarse de razones para romperlas y seguir unos años más con lo que no deja de ser un lucrativo negocio para personas que de otro modo no podrían aspirar más que a matones del pequeño crimen organizado. Éste, la naturaleza mafiosa de la banda, como la del IRA, el independentismo corso o las FARC, es otro aspecto frecuentemente olvidado a la hora de sentarse a la mesa de negociaciones. Sí la perspectiva de beneficios a medio y largo plazo es favorable a los terroristas, es normal que decidan continuar con la violencia. Los únicos inconvenientes a corto plazo pueden ser la muerte en enfrentamientos con la policía –que los terroristas evitan concienzudamente, apresurándose a rendirse– o ser capturados y pasar unos años en prisión, a la espera de que todo se resuelva en la tan cacareada negociación y llegue la amnistía.

Visto así, la estrategia de ETA no sólo no es suicida, sino que es la de un negociador hábil.
Es desde el otro lado de la mesa que se olvida la lógica, y lo que es peor, las lecciones de la experiencia. La estrategia negociadora del gobierno debiera ser negar toda negociación. Sin la perspectiva de la negociación, toda la estrategia de la banda se derrumba. Puesto que la violencia por sí misma no puede derribar al gobierno, la inutilidad de la misma se iría haciendo cada vez más patente. Y sin el horizonte de la amnistía al final del proceso, los presos y familiares empezarían a desertar, buscándose cada uno su propia salida. La perspectiva de treinta años a la sombra haría pensarselo mucho a las nuevas incorporaciones.
Esto puede parecer extremo, pero es sólo porque lo miramos desde un prisma emocional. En realidad no es más que un juego: El dilema del prisionero.

Como todo conocedor de la teoría de juegos sabe, el dilema del prisionero ofrece dos opciones: ser el primero en traicionar, y recibir una recompensa inmediata a corto plazo; o cooperar, y lograr un beneficio sostenido para ambos jugadores a medio y largo plazo. La postura racional es cooperar. Pero, ¿cómo evitar que un jugador sucumba a la tentación de traicionar al otro por un beneficio a corto plazo? Tomando represalias. Si el traidor sufre en sus carnes su falta de cooperación, vuelve a la estrategia anterior, más beneficiosa para ambos.
Lo mismo vale para las negociaciones con terroristas.

¿El problema? Que esa postura es imposible de mantener durante una campaña de atentados si no es monolíticamente unánime entre los partidos. Todavía recuerdo a Joan Barril, en plena campaña de atentados del Comando Barcelona, pidiendo poco menos que e gobierno se rindiera y les diera lo que pidieran. O el “Dialoguin, si us plau” de Gemma Nierga, muy aplaudido, pero totalmente equivocado. El diálogo no es un valor, sino un método. Pero a dialogar hay que acudir con valores y posiciones propios, no los del contrario. Y no en inferioridad de condiciones, desde luego.

¿Pero no se alcanza la paz siempre en una mesa de diálogo? ¿No acaban así todos los conflictos?
Interesante idea. Pocos parecen caer en que, sí todos la sumiesen, para empezar no habría conflictos. Se pasaría directamente a la mesa de negociaciones.
No. En las mesas no se firma la paz. Se firma la derrota de uno de los contendientes. A lo sumo, las tablas. Lo que pasa es que la política hace imposible llamarlo por su nombre.
En todos los tratados de paz hay un perdedor y un ganador. Aunque sea moral. Y de eso es de lo que trata el conflicto. Los mal llamados “procesos de paz” se limitan a dejar constancia por escrito de los términos de la rendición.

Eso es lo que hay que tener en cuenta: que el estado no firmará la “paz” con ETA hasta que uno de los dos haya sido derrotado. Entonces habrá una mesa de negociaciones y tal vez un Premio Nobel de la Paz para algún mediador que traigamos para el paripé. Pero el partido se habrá jugado en otro campo, probablemente fuera de la vista del público.
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