Rex Luscus    
 
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Igualdad de oportunidades
  La gran estafa  
Mon, 06 Nov 2006 13:15:54 +0100

Una de las mayores causas de frustración, depresión, fobia y desidia del personal es la tan cacareada como falsa igualdad de los individuos y sus oportunidades. Pongamos como ejemplo un caso reciente y descarado de mangoneo endogámico: Gonzalo Miró.
Como bien saben, tras las vacaciones veraniegas, todas las cadenas de televisión ponen gran empeño en presentarnos sus respectivas novedades en la programación para la nueva temporada. Este año, el canal Cuatro, animado por un primer año de vida de lo más prometedor en lo que a niveles de audiencia se refiere, nos anunció el inicio de un programa, un magazine de mediodía, "Las mañanas de Cuatro", en absoluto novedoso y evidentemente destinado a competir con sus homólogos de las otras cadenas rivales. Para convencernos, claro está, nos enseñaron el plantel: un par o tres de "periodistas de renombre", tres o cuatro "analistas de renombre" –rescatados de otros magazines de otras cadenas– para formar una "mesa de debate" calcada a la de dichos magazines de la competencia y, cómo no, algún miembro de esa nueva casta, hija de los mass media, que conocemos como "los famosos"*. En "Las mañanas de Cuatro", el "famoso" agraciado es Gonzalo Miró.
Este muchacho de veintipocos años adquirió su estatus por herencia –¿pero no habíamos acabado con esto con la Ilustración?–. Hijo de Pilar Miró –una conocida directora de cine–, de padre secreto y de alta posición social, Gonzalo, cuya misteriosa paternidad ya había alimentado sobradamente a la prensa del corazón –curiosamente esta denominación tiene poco que ver con una publicación dedicada a los devenires cardiovasculares– "saltó a la fama" por servir de consuelo sentimental a la hija de la Duquesa de Alba. El chaval empezó a estudiar periodismo... cambió de opinión y probó con la comunicación audiovisual... cambió de opinión y optó por darse una vueltecita por los Estados Unidos, a ver si así se decidía por algo... Y de pronto, sin pasar por la Inem, en medio de este sin vivir tan peculiar del que no tiene que trabajar para comer ni pagarse un alquiler, se encuentra delante de las cámaras, leyendo con dificultad cuatro noticias intranscendentes, anunciando jamón de marca mientras trata de cortarlo con evidente torpeza –cosa lógica, pues al muchacho, el jamón, siempre se lo ha cortado otro, en delicadas lonchitas– y cobrando 6.000 euros semanales –sí, señoras y señores, han leído bien, seis mil semanales– por la puta cara. No se puede expresar de otro modo.
Les aseguro que no tengo nada personal contra este muchacho. Lo juro. Pero ahora díganme ustedes con qué ánimo se levanta uno para ir a trabajar más horas que un tonto para ganar al mes el sueldo mínimo –alrededor de 500 euros de mierda–, o con qué cara le decimos a nuestros hijos que deben esforzarse para vivir, estudiar, prepararse para el día de mañana, para construir un hermoso mundo "democrático" en el que todos somos iguales y disfrutamos de las mismas oportunidades...
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